1. EL EVANGELIO REMODELA LA PATERNIDAD AL PROVEERNOS CON UN PROPÓSITO QUE VA MÁS ALLÁ DE ESTA VIDA

Hace unos años, se hizo una encuesta a los padres acerca de lo que ellos consideran como exitoso en la paternidad. Las repuestas más populares de los padres fueron que la paternidad exitosa significa criar hijos que son felices y que tienen buenos valores. La repuesta que que se acercó detrás de las dos primeras tuvo que ver con que el hijo sea vocacionalmente exitoso.[4] Si las respuestas de esta encuesta realmente representan las prioridades reales de los padres, entonces padres y madres están más enfocados en criar a sus hijos para que actúen bien, se sientan bien y sean financieramente exitosos.

Moralidad, felicidad y éxito no son malos, por supuesto—pero son realmente metas mezquinas para la paternidad. Cuando esas metas vienen a ser nuestra definición de paternidad exitosa, el evangelio no está moldeando más nuestra prácticas de paternidad del día a día. Sin contar con el evangelio de Jesucristo, el enfocarse en una buena moralidad tiende a resultar tanto en auto-justicia o rebeldía en nuestros hijos. El éxito financiero no puede garantizar gozo o paz permanente, y lo que hace a nuestros hijos felices en el corto plazo podría no ser lo que los apunte hacia Jesucristo en el largo plazo. Ninguno de esos valores supera esta vida, pero esos son los valores dominantes en nuestra cultura cuando se trata de paternidad.

Ahora, si los hijos no fueran más que un regalo para esta vida, un enfoque único en la felicidad y el éxito de los hijos podría cobrar sentido. Mientras la agenda frenética de una familia asegure un lugar para el hijo en una universidad de primer nivel, aun perdiendo una formación espiritual intencional, pero con el fin de que pueda participar de ligas deportivas competitivas o un lugar en clases de primer nivel, todo eso sería entendible—si es que los hijos fueran un regalo solo para esta vida. Trabajar a toda hora sería convincente, haciendo posible que los amigos de tus hijos estén visiblemente impresionados con la casa que tú apenas puedes costear. Si los hijos fueran un regalo solo para esta vida, podría tener sentido el criar hijos con calendarios que están llenos, pero almas que están vacías, cautivados por ilusión mortal de que su valor depende de lo que puedan lograr aquí y ahora.

Pero el evangelio nos llama a buscar un propósito para nuestros hijos que vaya más allá de esta vida.

Aun antes que la humanidad cayera en pecado, Dios diseñó la crianza de los hijos para que sirva como un medio para la multiplicación de su gloria manifestada alrededor del mundo (Gn. 1:26-28). Unas pocas mordidas de la fruta prohibida, la crianza de Caín como la de Abel, y un servicio de adoración que terminó en asesinato cobró un precio alto a la primera familia—pero Dios se negó a rendirse a su primer propósito de convertir a la familia en un medio para la revelación de su gloria. Dios prometió que, a través de la descendencia de Eva, Él enviaría un Redentor que pisaría la cabeza de la serpiente satánica y que inundaría toda la tierra con gloria divina (Gn. 3:15; 4;1; Hab. 2:14). De principio a fin en el plan de Dios, la familia ha sido su sendero escogido para derrotar la oscuridad, revelar su gloria y hacer pasar su historia de una generación a otra.

Lo que esto significa, de manera práctica, es que deberíamos ver a nuestros hijos bajo la luz de un propósito mayor, viéndolos como potenciales portadores del evangelio a las generaciones que no han nacido todavía. De acuerdo al buen diseño de Dios, es muy posible que nuestros hijos críen hijos que, en su momento, engendren más hijos. De la forma en que moldeemos las almas de nuestros hijos mientras viven bajo nuestros techos, de esa misma manera moldearán las vidas de los niños que todavía no han tomado su primera bocanada de aire (Sal. 78:6-7). Por eso es que nuestro primer propósito para nuestros hijos no debería ser algo tan pequeño y miserable como su éxito temporal.

“Pues, ¿de qué le sirve a un hombre ganar el mundo entero y perder su alma?” Jesús le preguntó a sus seguidores (Mc. 8:36). Si esto lo vinculamos con nuestros hijos, deberíamos hacernos una pregunta como esta: ¿Qué beneficio hay que mi hijo se gané un premio académico y nunca haya experimentado tiempos de oración y devocional consistentes con sus padres? ¿Qué beneficio hay para mi hijo si tiene éxito deportivo y nunca conoció los ritmos de un hogar en donde estuvimos dispuestos a librarnos, en cualquier momento, de cualquier cosa que nos tuviera demasiado ocupados como para no discipularnos mutuamente? ¿Qué beneficio habría para nuestros hijos en nuestras iglesias si es que fueran aceptados en las mejores universidades, pero nunca estarían dispuestos a presentar sus vidas para ir a proclamar el evangelio entre las naciones?

En el principio, Dios infundió humanidad con un anhelo de eternidad (Ecl. 3:11). Si el rango de nuestra visión para nuestras vidas o para las vidas de nuestras hijos se encoge hasta ser más pequeña que la eternidad, nuestra sed por eternidad nos llevará a tratar de llenar nuestro vacío con una multitud de metas y dioses menores—incluyendo el éxito y felicidad fugaz de nuestros hijos. Cuando la felicidad y el éxito de los hijos viene a ser el marco controlador de la vida, los padres esperarán que sus hijos tengan, hagan, y sean más que todos los demás, y ellos estarán dispuestos a sacrificar el discipulado familiar y la proclamación del evangelio con tal de alcanzar ese objetivos.

EL EVANGELIO REMODELA LA PATERNIDAD AL PODER VER TODOS LOS LOGROS Y DESAFÍOS DE NUESTROS HIJOS DESDE UNA PERSPECTIVA ETERNA.

No estoy sugiriendo que los éxitos académicos, atléticos o vocacionales están, de alguna manera, fuera del buen plan de Dios. Aprender y practicar un deporte son gozos que Dios mismo tejió en la auténtica matriz de la creación. Aunque maldito después de la caída, el trabajo era también parte del buen diseño de Dios antes de la caída (Gn. 2:15; 3:17-23). Aún más, donde sea que cualquier actividad—sin importar cuán buena ésta podría ser—se agranda hasta el punto que no queda margen para que los miembros de la familia puedan discipularse mutuamente y compartir el evangelio en el mundo que los rodea, entonces un gozo divinamente diseñado ha sido distorsionado y convertido en ídolo maligno. Nuestro propósito en todo lo que hacemos como padres debería ser liberar las vidas de nuestros hijos para el avance del reino de Dios, para que así la gente en cada tribu y cada nación acceda a la posibilidad de responder en fe al Rey de Reyes.

Hay un par de frases que he repetido una y otra vez a lo largo de la vida de mis hijos, particularmente cuando ellos están considerando sus posibilidades vocacionales. Lo que les digo es simplemente esto: “Preferiría tenerlos al otro lado del mundo buscando la gloria de Dios que en la casa de al lado buscando su propia gloria. Y preferiría tenerlos en una tumba en la voluntad de Dios que en una mansión resistiendo la voluntad de Dios”. Uno de mis hijos puso estas frases a prueba hace un tiempo atrás.

Nuestra hija mayor había escogido Consejería como su especialización antes de empezar la universidad y ya había avanzado más de la mitad de su primer semestre. Una tarde, ella se encontró conmigo en una cafetería y empezamos a hablar acerca de cómo aplicaría su educación en el futuro.

“Papi”, dijo, después de unos minutos. “¿Sabes que no estoy en el programa que se supone debería estar?”

“No”, le dije, un poco confundido. “¿En qué carrera deberías estar?”

“Se suponer que debería ser misiones, pero no se si quiero estar tan lejos de la familia”.

Esta afirmación abrió una puerta en nuestra conversación, y entramos allí con mucha cautela, explorando el llamado que mi hija había sentido por algún tiempo. Hubo algunas lágrimas y muchas preguntas, pero al final ella decidió cambiar sus estudios de Consejería a Estudios Globales.

Mientras nos levantábamos de la mesa, ella me dijo, “tú siempre dices que preferirías que esté al otro lado del mundo en la voluntad de Dios que como tu vecina fuera de la voluntad de Dios. Sin embargo, nunca supe cuán real era esto que decías”.

La única respuesta honesta que pude darle fue esta: “Tampoco yo. Pero espero que sea así. Siempre esa ha sido mi esperanza”.

Dios nos llama—así como llamó a nuestro padre Abraham—a estar dispuestos a soltar cada deseo de seguridad y éxito de nuestros hijos por el bien de la obediencia a la Palabra de Dios (Gn. 22:2-18). No es que cada hijo crecerá—o deberá crecer—para convertirse en un misionero en el otro lado del mundo. Pero cada hijo está llamado a ubicar el Reino de Dios dondequiera que estén, y cada padre cristiano está llamado a estar dispuesto a buscar la extensión del Reino de Dios mucho más allá de cualquier comodidad o éxito terrenal. Esta actitud no se logra con facilidad. De hecho, ¡esta disposición no viene de nosotros en lo absoluto! Nada menos que la obra de Dios a través de su Santo Espíritu podría crear tal disposición en nosotros. Y aún más, lo que Dios pide de nosotros es liberar a nuestros hijos para que se unan a su misión no es menos de lo que Él mismo ya ha hecho con Jesucristo: “El que no eximió ni a su propio hijo, sino que lo entregó por todos nosotros…” (Ro. 8:32).

  1. EL EVANGELIO REMODELA LA PATERNIDAD AL LIBERARNOS DEL ENGAÑO AL PENSAR QUE NUESTRO VALOR DEPENDE DE NUESTRA PATERNIDAD

Mientras más tiempo he sido padre, más me he encontrado a mí mismo buscando refugio en una verdad final acerca del evangelio y la paternidad. La verdad que ha venido a ser mi refugio es simplemente esta: Debido a la gracia que viene a través del evangelio, la disposición de Dios hacia mí no depende de qué tan bien lo haga como padre. No he hecho nada para obtener el favor de Dios y no hay nada que pueda hacer para mantenerme en el favor de Dios. A través de la fe, he sido adoptado en Cristo (Ro. 8:15-17; Gál. 3:26). Debido a lo que soy en Cristo, Dios el Padre nunca podrá pensar nada menos de mí de lo que piensa de su amado Hijo, Jesucristo.

Entonces, ¿qué tiene que ver esta verdad con mi paternidad?

¡Todo!

Medita por un momento en las consecuencias de esta verdad: Debido al evangelio, la aprobación de Dios de ti no depende de que hayas provisto a tus hijos con todo lo que los demás piensan que necesitan. La aprobación de Dios no depende de las forma en que tus hijos actúan en la caja del supermercado. No depende de que tus hijos hayan sido alimentados con leche materna, hicieron sus necesidades solos para cuando tenían dos años, fueron educados clásicamente y les diste alimentos sin preservantes artificiales. Tampoco depende de que ellos persistan en la fe más allá de su graduación de la secundaria. Las buenas noticias del evangelio declara que tu aprobación de parte de Dios no depende de nada que tú hagas; depende únicamente de lo que Cristo ya ha hecho. Todo lo que cada uno de nosotros debe hacer—que no tiene nada que ver con “hacer” en lo absoluto—es recibir lo que Dios en Cristo ya ha hecho.

Las consecuencias de esta simple verdad para la paternidad son asombrosas, y yo necesito con desesperación el ser recordado de estas consecuencias cada día. Debido a que nunca más debemos probarnos a nosotros mismos que estamos correctos producto de nuestras actuaciones perfectas, podemos humillarnos nosotros mismos y pedirle perdón a nuestras familias cuando fallamos. Cuando nos sentimos abrumados como padres, podemos clamar por ayuda. Cuando le decimos que no a los compromisos que pudieran consumir nuestros calendarios y nuestras almas, lo podemos hacer sin culpa o por un temor que crece producto de nuestra anhelo desesperado por lograr la aprobación de los demás. Podemos ser liberados de nuestro persistente deseo por demostrar nuestra propia rectitud al demandar que otros padres se midan con nuestros estándares familiares. Nosotros podemos guiar a nuestros hijos a Cristo desde un fundamento de gozo y descanso, conociendo que Dios ya nos ha dado todo lo que demanda de nosotros.

No hay una lista de reglas para padres moldeados por el evangelio, con puntos que puedes chequear en la medida que los vas completando. Pero si está, sin embargo, Cristo mismo, quién nos ha dado su Palabra, su Espíritu, su pueblo y su evangelio. En todo esto, nuestra meta no es solo llegar al fin del día con el mismo número de hijos que teníamos temprano en la mañana. Nuestra meta es un Reino que nunca termina y nuestro propósito en la paternidad es ver ese Reino revelado a través de nuestras familias.

PREGUNTAS DE ESTUDIO

  1. ¿Cuándo, en tu paternidad, eres más propenso a estar demasiado enfocado en listas y reglas perdiendo de vista el evangelio? ¿Qué puedes hacer, a la luz de estos artículos, para mantener la centralidad del evangelio en tus prácticas de paternidad?
  1. Así es como el evangelio ha sido definido en este artículo: El evangelio son las buenas nuevas que nos dicen que Dios ha inaugurado su Reino en la tierra a través de la vida, la muerte y la resurrección de nuestro Señor Jesucristo. Cuando nos arrepentimos y descansamos en la justicia de Cristo en vez de la nuestra, el poder de su Reino nos transforma, y venimos a ser participantes de la comunidad de los redimidos.

Nombre tres manera, adicionales a las descritas en este artículo, con las que el evangelio puede remodelar nuestras prácticas diarias como padres.

  1. ¿Qué harías de manera regular para discipular a tus hijos? Discute con un grupo de padres cristianos qué es lo que ellos están haciendo para entrenar e instruir a la próxima generación. Aprende todo lo que puedas de las prácticas de discipulado de otras familias y anima a otros padres que están luchando con esa área.
  1. Después de leer estos artículos, ¿cómo definirías el éxito como padre? ¿Tus metas y tus propósitos han cambiado de alguna manera producto de estos artículos? Si han cambiado, ¿en qué manera?
  1. Antes de leer estos artículos, ¿habías pensado alguna vez en tus hijos como potenciales o actuales hermanos y hermanas en Cristo? ¿De qué maneras específicas podría esta verdad transformar las maneras en que tú escogiste reaccionar con tus hijos en las siguientes semanas? ¿Cómo podría tu agenda familiar cambiar si empiezas a pensar en tus hijos, antes que nada, como potenciales y actuales hermanos y hermanas en Cristo?

[4] Mark Kelly, “LifeWay Research Looks at the Role of Faith in Parenting” (March 24, 2009): http://www.lifeway.com